En las primeras décadas del siglo XX, el gas licuado del petróleo comenzó a abrirse camino en Europa como una solución energética innovadora, especialmente indicada para zonas sin acceso a redes de gas canalizado. En 1932 se aprobó la primera normativa de seguridad específica para el gas licuado por parte de la National Fire Protection Association (NFPA), un paso clave para generar confianza en su uso.
Poco después, en 1934, se comercializó en Francia el primer cilindro de gas licuado, impulsado por una gran compañía petrolera. A finales de los años 30, el combustible ya se utilizaba en varios países europeos, tanto en hogares como en pequeñas industrias, gracias a su facilidad de transporte, alto poder calorífico y versatilidad.
España, sin embargo, tuvo una incorporación más tardía. La Guerra Civil y los difíciles años de la posguerra frenaron la modernización del país y relegaron la innovación energética a un segundo plano. El punto de inflexión llegó el 27 de septiembre de 1957 con la creación de Butano S.A. El objetivo era ofrecer a la población una energía moderna, asequible y eficiente en un momento en el que millones de hogares aún dependían del carbón o la leña. En solo un año, ya se distribuían decenas de miles de bombonas por todo el país.